Sería bastante feliz si pudiese cumplir aunque sea
alguno de los puntos de las instrucciones para llorar
o al menos dejase de hacerlo después de los tres minutos predispuestos por Cortázar,
mi corazón latera,
despedirá serenidad
la que los diarios y la televisión me quitan día a día lentamente,
tortuosamente
como la (supuesta) procesión de Cristo hacia la cruz,
o la espera de los colectivos que van a ese paraíso al cual
para algunos es la libertad,
para otros el escapismo
y una minoría,
idiota pero viva,
lo llama
la casa de sus novias.
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